Sin ánimo de simplificar en exceso esa historia, recordaremos cómo no hace mucho los gurús que en el mundo han sido nos aconsejaban poner un “bloguero” en cada empresa, luego apalancar la “inteligencia colectiva” de nuestros clientes/usuarios/consumidores/votantes/administrados/ciudadan@s haciendo uso de las redes sociales para realizar un filtraje efectivo de gustos y tendencias, más tarde explotar al máximo nuestra presencia en la Red contratando servicios de SEM/SEO, hace menos tiempo gestionar de manera profesional nuestra presencia proactiva en medios sociales con la ayuda de un equipo profesional de responsables de comunidad (
Community Managers) y ahora, sublimado el rol organizativo de tales profesionales, aconsejan desarrollar un proceso estratégico de
Social Media Marketing/Management de la mano de un gerente homónimo.
La pregunta de fondo, que quedaba en parte oscurecida por una dosis de sarcasmo rayano en la demencia para algunas personas, es bastante evidente: cuando aparezca la siguiente oleada de acrónimos ‘guru-made‘, ¿Qué haréis/haremos? -y me refiero específicamente a la audiencia de profesionales directamente implicados en el proceso de cambio organizativo que esa historia ha ido marcando- ¿Crearemos una “profesión” con su nombre y esperaremos sobrevivir hasta la siguiente ola?
Es una forma de sobrevivir; pero yo creo que, como sociedad, como profesionales, éticamente responsables, como individuos, moralmente comprometidos con ese proceso de construcción colectiva que llamamos sociedad de la información, aspiramos a más; podemos/debemos aspirar a más. La realidad de la Red, que no debería hacernos olvidar la creciente complejidad técnica y tecnológica que soporta tal utopía, nos ofrece un variado y versátil instrumental con el que podemos crear, comunicar, compartir, innovar, trabajar, vivir… De alguna forma, salvando la simplicidad de la afirmación, hoy se trata más de estar dispuesto que de estar preparad@; se trata de reclamar, con energía, con entusiasmo y con pasión nuestro derecho a equivocarnos una y otra vez, como yo al elegir la dosis de sarcasmo con la que aliñar mi exposición
Pero sin renunciar al trabajo que supone mantener una actitud crítica -escéptica en su más completa definición- que nos permita separar el polvo de la paja; sin olvidar, por ejemplo, la relación simbiótica que se establece entre los tres perfiles básicos de trabajador en este nuestro particular estado del bienestar, es decir funcionarios, trabajador por cuenta propia (emprendedor, autónomo, empresario, recaudador de IVA, …) y trabajador por cuenta ajena (currifichante, ‘imprendedor’, empleado, …), que nos quería recordar luego Wilhelm en Twitter. No se trata, en definitiva, recordando alguna aseveración reconocida recientemente de confundir el medio con el fin; se trata, por ejemplo, de sumar valor añadido bruto en términos económicos si así se prefiere, pero no específicamente, ni exclusivamente, ni tan siquiera prioritariamente, de “emprender”, en el sentido de desarrollar un caso de negocio utilizando un vehículo empresarial.
Recordando la inspiradora intervención de Pilar en la que nos insistía en el origen militar de la organización empresarial moderna, no puedo evitar referirme aquí a un icono presente en el imaginario de tod@s, reconocido como intelectual y referente cultural de la modernidad tardía de los ochenta, John Rambo (sí, es sarcasmo, pero a continuación veremos por qué): “para sobrevivir a la guerra (léase el cambio), debes convertirte en guerra (léase, una vez más, cambio)”; lo cual en los términos del irrepetible Peter Drucker se expresaba en “la disciplina de la innovación”, enseñándonos que resulta infinitamente más arriesgado repetir nuestros comportamientos aprendidos de manera irreflexiva que innovar de forma constante, consciente y disciplinada.
Mi intervención que, al contrario que la de Pilar, quiso ser -convencido cada vez más de que no hay tiempo que perder- más “movilizadora” que “inspiradora”, dejando sobre la mesa la pregunta que formulaba más arriba y que enlaza con la anterior entrada, ¿Qué vamos a hacer mientras llega la siguiente oleada de gurús con sus brilantes acrónimos? ¿Seguiremos atenazados por el proverbial “miedo a la libertad” que tan claramente perfilara Erich Fromm para repetir irreflexivamente las palabras del ídolo del momento (léase, por ejemplo, la tesis inicial del Cluetrain Manifesto, “los mercados son conversaciones” de la que hablábamos en la charla)?¿Nos encontraremos, después de meternos un par de aspirinas y un buen Bloody Mary, tal como afirmaba el genial Dean Martin, convertidos en “el cóctel del momento”?
No me conformo con esa imagen apocalíptica que ya ha machacado mis pupilas incrédulas durante más de una década. No: quiero ser más optimista y apelar -de la forma más directa posible, sin edulcorar el discurso, sin ambages- a la capacidad reflexiva y crítica de las personas, de los profesionales, que ayer decidieron concederme unos minutos de su tiempo.